Mientras el Estado recauda y el mercado se digitaliza, los juegos de suerte ganan espacio entre jóvenes que ven en ellos una salida rápida para deudas
Mientras Colombia discute cómo diversificar su economía, un sector ya lo hizo por su cuenta. Creció sin pedir permiso, se digitalizó y hoy mueve billones de pesos: los juegos de suerte y azar.
Para el Estado, es un rubro que financia la salud; para el mercado, un negocio en expansión; para muchos jóvenes, una salida rápida cuando la plata no alcanza. El problema es que, en ese cruce de intereses, el entretenimiento empieza a confundirse con necesidad.
Sneider Arrieta tiene 23 años, lo describe sin lenguaje técnico y sin maquillaje: “Uno empieza por diversión, por un partido, por una promo… y cuando mira, ya está pensando que con eso resuelve la semana”.
Cuenta que hubo meses en los que, después de gastar de más, terminó apostando para “cuadrar” la mensualidad de la universidad o llegar a fin de mes. “No es que uno sea malo; es que se vuelve una salida rápida en la cabeza. Uno siente que, ‘si le pega’, se salva”.
En Colombia, los juegos de azar no son un “extra” irrelevante: funcionan como un monopolio rentístico regulado, donde parte del recaudo va a financiar el sistema de salud.
El marco legal está en la Ley 643 de 2001, que fija el régimen del monopolio y su orientación a rentas públicas.
Ese diseño se traduce en plata real. Coljuegos, la entidad que regula este sector, ha reportado que los juegos localizados (bingos y casinos) transfirieron en 2025 un estimado de $378.268 millones al sistema de salud subsidiado, siendo el segmento más grande del recaudo (39 % del total, según la misma entidad).
Y no es solo el casino. En el componente territorial, chance, loterías y Raspa&Listo también empujan el flujo: Coljuegos informó que, en 2025, estos juegos aportaron $649.465 millones para la salud en las regiones; dentro de ese total, el chance transfirió $337.068 millones y las loterías $276.794 millones.
Con ese mapa, la expansión del sector tiene una lectura doble: para el Estado, es un mecanismo de financiamiento; para el mercado, un negocio que se moderniza; para miles de personas, un hábito que puede volverse problema.
La cara más evidente del boom está en el celular. Las apuestas deportivas y los casinos en línea dejaron de ser algo “de nicho”.
Gremios del sector han mostrado el tamaño de esa ola: Fecoljuegos reportó que en 2024 las apuestas digitales superaron los $45 billones en volumen, aunque el gremio aclara que el ingreso neto del sector (después de pagar premios) fue de $2,9 billones.
En la práctica, esto explica por qué el juego en línea se volvió parte del paisaje juvenil: está disponible 24/7, se cruza con el fútbol, ofrece bonos y reduce la fricción de tener que salir para “ir a jugar”. Sneider lo cuenta así: “Es que eso está ahí. Uno está aburrido, ve un partido y dice: ‘Meto una’. Y cuando pierde, quiere recuperar. Ahí es donde se enreda”.
Ese “querer recuperar” es justamente el punto crítico de riesgo. Coljuegos informó que más de 240.000 personas han solicitado autoexcluirse de juegos en línea para frenar conductas de riesgo. El boom, entonces, no es solo económico. También es conductual.
El Estado no solo regula: también persigue la ilegalidad porque cada máquina clandestina es plata que no llega a salud. En sus reportes y boletines, Coljuegos ha insistido en acciones de control, operativos y destrucción de elementos ilegales (un frente permanente del sector).
Para el ciudadano, la pregunta práctica es otra: ¿cómo saber si una plataforma es legal? Coljuegos publica el listado de operadores en línea autorizados (con empresa, dominio y contrato), una fuente clave para diferenciar mercado formal de estafas o portales sin licencia.
En otras palabras: el sector crece, pero no todo lo que “parece” apuesta legal lo es.
El testimonio de Sneider Arrieta ilustra cómo las cifras se traducen en decisiones cotidianas. Él describe un ciclo que comienza como entretenimiento y termina convirtiéndose en necesidad. “A veces uno se dice ‘hoy recupero’, y si no, mete más. Y cuando gana, tampoco es que se salga: se emociona y sigue”, confiesa.
En su caso, esa lógica llegó a involucrar dinero esencial. “Hubo meses en que pensé: ‘Si gano, pago esto; si pierdo, miro cómo hago’… eso es horrible, porque ya todo depende de un resultado”.
Ese es el lado que no aparece en los balances: cuando el juego deja de ser ocio y empieza a funcionar como estrategia financiera. Y cuando pasa eso, el crecimiento del sector ya no solo se mide en transferencias o recaudo, sino en el tamaño de un hábito que se mete en la vida cotidiana.
Por eso, aunque Colombia pueda celebrar que este rubro aporta recursos a la salud, la conversación no puede quedarse en el “negocio millonario”. La misma existencia de herramientas como la autoexclusión masiva muestra que el crecimiento trae problemas reales.
Los juegos de azar se han convertido en un capítulo nuevo de la economía colombiana: recaudan, se digitalizan, amplían su alcance y financian rubros públicos. Pero también obliga a mirar una paradoja: un mercado que ayuda a sostener la sanidad, mientras enfrenta el desafío de evitar que el consumo se vuelva un problema de salud pública.
Sneider lo resume con una frase que condensa el dilema de este auge: “Yo no le deseo a nadie que el fin de mes dependa de un ‘si le pego’”. Porque el crecimiento de los juegos de azar no se mide solo en recaudo, transferencias o billones apostados.
También se mide cuántas personas logran mantenerlo como entretenimiento y cuántas, en silencio, empiezan a convertirlo en ludopatía o en una tabla de salvación cuando la plata no alcanza. Ahí es donde el negocio deja de ser solo economía y se convierte en un tema social que Colombia todavía está aprendiendo a mirar de frente.