En medio de un escenario fiscal frágil, tensiones en salud y riesgos energéticos, los principales candidatos presidenciales exponen rutas
En un país donde las cuentas no cuadran, el sistema de salud muestra señales de fatiga y la energía empieza a encarecerse peligrosamente, las propuestas económicas de Iván Cepeda, Abelardo de la Espriella, Paloma Valencia y Sergio Fajardo no solo marcan diferencias ideológicas, sino también niveles distintos de realismo frente a una crisis que ya no es futura, sino presente. Más que soluciones cerradas, lo que se evidencia es una disputa sobre quién asume los costos del ajuste: el Estado, el sector privado o los ciudadanos.
La propuesta de Iván Cepeda parte de un diagnóstico políticamente atractivo pero técnicamente exigente: reducir el gasto sin afectar al ciudadano y financiar derechos mediante lucha contra la corrupción y mayor recaudo. El problema es que ese enfoque, aunque deseable, suele sobreestimar la capacidad real de recuperar recursos y subestimar la rigidez del gasto público. Apostarle a que la corrupción financiará la salud o el desarrollo termina siendo más una narrativa que una fuente estructural de ingresos. Su idea de “capitalismo productivo” suena conciliadora, pero deja abiertos interrogantes sobre cómo lograr crecimiento sin enviar señales claras de confianza al inversionista.
En contraste, Abelardo de la Espriella propone disciplina fiscal con reducción de impuestos, lo cual en teoría busca reactivar la economía. Sin embargo, aquí aparece una tensión clásica: bajar impuestos mientras se reconoce un déficit fiscal alto exige recortes concretos y políticamente costosos que no siempre se detallan. La promesa de crecimiento superior al 6 % parece optimista en un contexto global incierto, y su estrategia energética, aunque más técnica, depende de التنفيذ oportuno, algo que históricamente ha fallado en Colombia. Su enfoque apuesta por el mercado, pero corre el riesgo de simplificar la complejidad institucional del país.
Por su parte, Paloma Valencia plantea una receta conocida: menos impuestos, menos Estado y mayor protagonismo del sector privado. Su diagnóstico sobre el exceso de gasto tiene sustento, pero su propuesta de “déficit cero” enfrenta una restricción evidente: reducir el tamaño del Estado en un país con profundas brechas sociales puede generar tensiones sociales si no se hace de forma gradual y focalizada. En salud, su defensa de las EPS introduce estabilidad, pero evita una discusión de fondo sobre las fallas estructurales del modelo. En energía, su apertura a hidrocarburos y fracking mejora la seguridad de oferta, aunque posterga decisiones de transición que tarde o temprano serán inevitables.
Sergio Fajardo intenta ubicarse en un punto intermedio: ni expansión desbordada ni ajuste drástico. Su enfoque técnico y gradualista es probablemente el más consistente en términos macroeconómicos, pero enfrenta otro desafío: la velocidad. En contextos de crisis, las soluciones graduales pueden ser percibidas como insuficientes. Su planteamiento de estabilizar la deuda y hacer reformas solo si son necesarias suena prudente, aunque deja abierta la duda sobre si reaccionaría a tiempo ante un deterioro más acelerado de las finanzas públicas.
Al final, más que un choque de ideologías, lo que muestran estas propuestas es una realidad incómoda: ninguna opción es indolora. Reducir gasto implica costos políticos, subir impuestos afecta crecimiento, y no hacer nada agrava la crisis. La discusión de fondo no es quién tiene la mejor narrativa, sino quién está dispuesto a decirle al país qué sacrificios vienen y cómo se van a distribuir. Porque si algo queda claro, es que la próxima administración no heredará margen de maniobra, sino una economía que exige decisiones difíciles desde el primer día.