Presente en alimentos cotidianos como la leche, el yogur y el queso, puede incorporarse fácilmente en la rutina diaria y contribuir a tu bienestar.
En un momento en el que cada vez más personas buscan alimentarse mejor y cuidar su salud, no solo importa cuánto comemos, sino también la calidad de los alimentos. Sin embargo, aunque el 94 % de los hogares colombianos compra leche y el 90 % la consume, solo el 58 % lo hace más de una vez por semana, según Asoleche, lo que evidencia una oportunidad para fortalecer hábitos que aporten nutrientes clave.
En ese contexto, la proteína láctea, presente en la leche, el yogur y el queso es considerada una proteína de alta calidad y puede aportar beneficios importantes para el cuerpo en distintas etapas de la vida cuando forma parte de un patrón de alimentación saludable.
Esta se considera una proteína de alta calidad porque el cuerpo puede aprovecharla muy bien para construir y reparar tejidos como músculos, piel, huesos y dientes. Además, contiene los componentes que ayudan a formar estructuras del cuerpo.1
Más allá de la definición técnica, lo importante es cómo se traduce esto en la vida diaria. Por eso, Alpina comparte tres razones, respaldadas por evidencia científica, por las que la proteína láctea puede marcar la diferencia en la alimentación:
Consumir suficiente proteína de buena calidad, como la de los lácteos, ayuda a mantener los músculos y a reducir su pérdida con el paso de los años, especialmente cuando se combina con actividad física, una alimentación adecuada y buen descanso.
Además, se ha observado que la proteína láctea estimula procesos relacionados con la recuperación muscular después de la actividad física. Esto no solo es relevante para deportistas, sino para cualquier persona que busque preservar su funcionalidad y calidad de vida en distintas etapas.
El consumo de productos lácteos se asocia con huesos más fuertes a lo largo de la vida y con menor riesgo de fracturas, especialmente en adultos mayores.
Este efecto se relaciona con el aporte de proteína de alta calidad y otros nutrientes presentes en los lácteos, que contribuyen a la formación y mantenimiento del tejido óseo dentro de una rutina de alimentación y estilo de vida saludables.
Los lácteos no solo aportan proteína de alta calidad. También contienen otros nutrientes como vitaminas, minerales y grasas que están presentes de forma natural en alimentos como la leche, el yogur o el queso.
Todos estos componentes actúan juntos dentro del alimento, lo que permite que al interaccionar con el cuerpo se aprovechen eficientemente sus nutrientes. Esta interacción, conocida por los científicos como la matriz láctea, puede favorecer la utilización de la proteína y otros nutrientes, ayudando a potenciar sus efectos positivos dentro de la alimentación y nutrición de las personas.
Gracias a estas características, la proteína láctea puede formar parte de la alimentación en diferentes etapas de la vida. Además, se encuentra en alimentos accesibles y versátiles, lo que facilita su inclusión en la rutina diaria.
Por ejemplo, un vaso de leche entera de 200 ml aporta aproximadamente 6 g de proteína; una porción de yogur griego de 150 g aporta alrededor de 12 g; y una porción de queso de 30 a 40 g aporta entre 6 y 8 gramos. Estas cantidades permiten construir combinaciones prácticas en el desayuno, merienda o para complementar otras preparaciones, según el estilo de alimentación y las comidas de cada persona.
“Contribuir a la nutrición de los colombianos ha sido históricamente nuestro motor en Alpina. Ese propósito nos ha llevado a consolidar un conocimiento superior en lácteos y a desarrollar alimentos con proteína de alta calidad, como nuestro Yogurt Griego Bebible, que aporta hasta 18 gramos de proteína por porción y se adapta fácilmente a la rutina diaria. Así, lideramos el futuro de la nutrición láctea para seguir aportando al país y contribuir al bienestar de nuestros consumidores”, destaca Paola Yanquen, Gerente de Asuntos Regulatorios Alimentarios y Nutrición de Alpina.
Incorporar proteína láctea en la dieta diaria no requiere transformaciones drásticas. Se trata más bien de reconocer que decisiones cotidianas, como incluir leche, yogur o queso dentro de una alimentación equilibrada, pueden aportar beneficios respaldados por la ciencia y contribuir al bienestar a lo largo de la vida.